martes, 7 de junio de 2011

Mi imaginario infantil









Obsesionada como estaba de cría por la modernidad, las grandes ciudades, la vida de asfalto, las luces por las noches en las oficinas futuristas, las casas antiguas en los barrios bohemios donde imaginaba sonaba jazz los domingos por las noches, y viviendo como vivía en una ciudad cercana a Madrid, lo más lógico es que ensalzara aquellos lugares que me encontraba camino y recién llegada a mi adorada capital, sabemos que siempre el camino es más inquietante que la estancia.


Uno de esos edificios podía verse, y digo podía porque lo derruyeron sin llegar a entender nunca bien la razón, en la carretera a acceso a Madrid desde mi ciudad, la nacional II o ahora A2: el edificio conocido como la Pagoda. Ese edificio de estilo entre vanguardista y exótico, que me evocaba tanto como los de Niemeyer (que dará lugar a otra entrada) y que pertenecía a unos laboratorios donde un crío, claro, imaginaba se descubría el remedio para las peores enfermedades, se preparaban las cápsulas que sustituirían a los alimentos, se probaban los microchip que llevaríamos en un futuro cercano...


Otro de ellos eran las Torres Blancas, ese edificio residencial en la entrada a Madrid por Avenida de América, rodeado por aquellos neones que aún hoy me gustan tanto como la entrada a Gran Vía por la calle Alcalá, de noche. Es otro edificio vanguardista en un suerte de Picadilly Circus a lo grande, lo suficientemente moderno y urbanita como para conquistarme. Qué apoteósis imaginar como era por dentro, y sobre todo, como era la vida dentro, qué personas cultas, bohemias, melancólicas de ciudad rodeados de láminas cubistas estarían poniendo vinilos con aquellos saxos como los de las películas de los ochenta. Imaginaba esos salones con las cristaleras redondas con vistas a ese enclave casi neoyorquino, ese restaurante en su última planta que según las leyendas infantiles servían insectos, la piscina donde uno podría bañarse a más metros sobre el nivel del mar que nunca hubiera imaginado.


Me gusta recordar ese futuro que nunca llegó, nada de lo que uno imagine de forma tan concisa puede llegar a existir más que en su ideario de ojos de niño, pero es cierto que todo se ha acercado pasito a paso a lo que quería, esa vida en la incómoda pero irrestible gran ciudad, los neones, la melancolía de asfalto, los negocios internacionales, los viajes al extranjero, la independencia, vivir sola, tener mi propia casa (muy blanca, sin muros y el baño de gresite de piscina), la cultura bohemia de la poesía y el jazz, los amigos interesantes e inteligentes que alimentan tu sensibilidad, la noche que tan bien he conocido, la música nueva, bailar, pasear por una calle céntrica sola y taconear pensando "que pare el mundo, soy feliz".

Hoy es el futuro que tanto quise. Y con los mismos sueños para el futuro que está por venir.

2 comentarios:

Unknown dijo...

Preciosa entrada, Sara, llena de esperanza. ¡Qué bien estás por dentro! (por fuera es pura obviedad reconocerlo). Ave-fénix con tacones, enciendes la noche con fulgor inextinguible...

Sara dijo...

Fer, cómo me conoces... la verdad es que sí hay diferencia de cuando nos conocimos y me escríbiste aquel poema de "justo con las exequias/del viejo corazón/levanto el vuelo"
Este vuelo que me regalaste parece que me ha llevado a tierras prósperas ;)
un abrazo, amigo