Qué hago yo aquí medio borracha
escuchando a este cretino
que sólo sabe hablarme de la mili,
mientras me tapa baboso la calle y la vida
con su espalda.
Y encima estoy sin tabaco.
(Menos mal que desconecto en seguida
pensando en ese géiser de besos
que le provocaré a usted sin duda
cuando su camisa se digne o se resigne
a dejarse desabrochar por mi mano).
*
Señor,
ahora que mi piel y la suya
-después de las sábanas-
han formado un nuevo collage en el agua
no es el mejor momento para hablarle,
desde luego,
pero aprovechando que estoy arriba
y usted debajo,
quisiera decirle
-casi no me atrevo con sus ojos-
que no puedo más,
que voy a pararme.
(Era el placer como una de esas muñecas rusas que se abren
y aparece otra,
y otra…)
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