Mi madre nunca fue de mucho tacón, pero tenía unos zapatos de salón negros de ante muy escotados, donde se veía parte lateral del pie y el comienzo de los deditos como sólo sucede con los maravillosos zapatos en punta. Fascinación absoluta.
De niña tuve que llevar unas horribles plantillas metálicas, por supuesto dentro de unos zapatones que aunque no eran feos, no eran esas manoletinas o zapatitos de princesa que envidiaba… Recuerdo esos primero días de clase en septiembre, habiendo descansado “pedilmente” en verano y con los zapatos sin domar… Angustia absoluta.
Luego llegaron gustos aún más sofisticados, unos stilettos que veía en la tele, de vinilo rojo, punta y taconazo, sorprendentemente en un anuncio de lejía Estrella, no deja ni huella. A mí me la dejó, sí. Supongo que el creativo publicitario cumplió su sueño entre fetichista y pornochachero y le despidieron, o quizá no, eran los 80…
En definitiva, ese amor prematuro y aquellas perrerías sufridas ayudaron a vivir con el tacón desde las 6 de la mañana a diario, o esas noches de marcha de veinteañera de 7 horitas sobre 15 cms… Y llegó la plataforma interna, que evitó tanta pendiente, y las cuñas que como las bicicletas, son para el verano, y las sandalías con alza que añade centímetros... y bueno, todos esos pequeños detalles que como el resto de pequeños detalles, hacen todo más bello.
Cada uno elige su paso en la vida, y el mío ha sido, irremediablemente, firme, pero de puntillas...


4 comentarios:
Olé!!!!! paso firme!!! de puntillas!!! derrochando estilo como sólo tú sabes!!!!!
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:) gracias nena, idem de idem
que bueno, sara.
me encanta este post sobre la vida y los zapatos.
besos
de
agua
jajaja gracias, nenita, me entiendes verdad? muackkk
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