Siempre observando a través del largo pasillo, donde días de diario, la tersa luz cuajada de su piel blanca enhebraba una tras otra todas las tardes.
Mi abuela Un pespunte, otro pespunte, otro y otro más… ¿Cómo no la iba a querer tanto? La noche que nos quedamos solos, sudando y llorando sin parar. “Por el amor de Dios, ¿qué te duele? Urgente, que a mi nieto lo han matado” El tremendo silencio de una ciencia incorrecta que me había vaciado el alma a caricias esa misma tarde. No sabe telefonear, no ve las teclas; deshecho por su desesperación tropieza con una nube el costurero sus pies desangrados como dos ternuras de artrosis expira la destreza de una expresión para elevarme rápidamente y me instala en la suave luz y me cuenta de su vida y de su muerte… “Mejor yo, hijo mío, primero, mejor yo que nadie… ya más no puedo sufrir… por favor…” Sobre mi pelo tan rubio caía tanta desolación Tanto desconsuelo Que bañaba su silencio con las imágenes de mi tristeza
“Tú no, tú no… Dios, tanto sufrimiento en mis carnes, desde niña, para mantener tu inocencia y mira cómo te has destrozado tus bracitos y tu cara tan bonita”
Siempre observando a través del largo comedor, donde todos los días, veía a mi abuela al fondo del pasillo hilvanando después de merendar un año tras otro, silueta cargada de arcilla ábaco de terceros de deshacerse como una indigente mula de tiro desgastadas las córneas de enhebrar tarde tras tarde, y otra más.
Zurciendo para cualquiera, levantaba su hollar del suelo para escribir con una Singer que mi cara era el dibujo de una mujer rubia, año tras año, que me había suturado el corazón a su alma en uno de mis días de fiebre hasta impregnar sus labios con mis gotas calientes y saladas
Y así sumo a las fechas los recuerdos muertos en cada oración enhebrando noche tras noche el eco del sollozo distante que perturba la madrugada y le pregunto cómo te va cómo se remienda el tiempo de sastre y cómo coser los brotes y sisas apolilladas. Entonces me viene la evocación de la infancia los recuerdos sus tallos blancos llenos de dedales ya anciana, inclinada su cabeza, moviendo la tela arrugada donde yo serpeaba sin descanso: Y me recriminaba “cómo un niño tan listo como tú ya ni remienda ni borda, ni teje.”
“Yo, abuela, no sé coser, apenas he cogido una aguja. Sin embargo, sí atarme con tus hilos, con tu madeja y tu saetilla donde renace y se destruye cada beso. Dime, ¿dónde hay una mujer como tú, que sepa ver la herida y coserla?
En cada invocación, a veces, callo y río como si guardara un secreto Zurzir, coser, puntear… ya tendré tiempo cuando me case o viva solo.. Y le digo, provocador, que los botones de mi blusa me los arrancaste tumbados en la cama Y en mi plegaria, que tengo menos vergüenza que un fontanero desnudo Y le pregunto, y rezo, y me sorprende la madre de mi madre fregando siempre, lavando siempre, cosiendo siempre a los hombres, los maridos o las casas.
Y no sabe, tampoco se lo diré, que prefiero hacer saltar los botones de tu camisa a cambiar la cremallera de tus pantalones.
3 comentarios:
Siempre observando
a través del largo pasillo,
donde días de diario, la tersa luz cuajada
de su piel blanca
enhebraba una tras otra todas las tardes.
Mi abuela
Un pespunte, otro pespunte, otro y otro más…
¿Cómo no la iba a querer tanto?
La noche que nos quedamos solos,
sudando y llorando sin parar.
“Por el amor de Dios, ¿qué te duele? Urgente, que a mi nieto lo han matado”
El tremendo silencio de una ciencia incorrecta
que me había vaciado el alma a caricias esa misma tarde.
No sabe telefonear, no ve las teclas;
deshecho por su desesperación tropieza con una nube el costurero
sus pies desangrados como dos ternuras de artrosis
expira la destreza de una expresión para elevarme rápidamente
y me instala en la suave luz
y me cuenta de su vida y de su muerte…
“Mejor yo, hijo mío, primero,
mejor yo que nadie… ya más no puedo sufrir… por favor…”
Sobre mi pelo tan rubio caía tanta desolación
Tanto desconsuelo
Que bañaba su silencio con las imágenes de mi tristeza
“Tú no, tú no… Dios, tanto sufrimiento en mis carnes, desde niña,
para mantener tu inocencia y mira
cómo te has destrozado tus bracitos
y tu cara tan bonita”
¿Cómo no la iba a querer tanto?
Totalmente sobrecogedora, muy buena!
Siempre observando
a través del largo comedor,
donde todos los días,
veía a mi abuela al fondo del pasillo hilvanando
después de merendar
un año tras otro,
silueta cargada de arcilla
ábaco de terceros
de deshacerse como una indigente mula de tiro
desgastadas las córneas de enhebrar tarde tras tarde, y otra más.
Zurciendo para cualquiera,
levantaba su hollar del suelo
para escribir con una Singer
que mi cara era el dibujo de una mujer rubia,
año tras año,
que me había suturado el corazón a su alma en uno
de mis días de fiebre
hasta impregnar sus labios con mis gotas
calientes y saladas
Y así sumo a las fechas
los recuerdos muertos
en cada oración enhebrando noche tras noche
el eco del sollozo distante que perturba la madrugada
y le pregunto cómo te va
cómo se remienda el tiempo de sastre
y cómo coser los brotes y sisas apolilladas.
Entonces me viene la evocación de la infancia
los recuerdos
sus tallos blancos llenos de dedales
ya anciana, inclinada su cabeza,
moviendo la tela arrugada
donde yo serpeaba sin descanso:
Y me recriminaba
“cómo un niño tan listo como tú
ya ni remienda ni borda, ni teje.”
“Yo, abuela, no sé coser, apenas he cogido una aguja.
Sin embargo, sí atarme con tus hilos, con tu madeja y tu saetilla
donde renace y se destruye cada beso.
Dime, ¿dónde hay una mujer como tú, que sepa ver la herida y coserla?
En cada invocación, a veces,
callo y río como si guardara un secreto
Zurzir, coser, puntear… ya tendré tiempo
cuando me case o viva solo..
Y le digo, provocador,
que los botones de mi blusa me los arrancaste tumbados en la cama
Y en mi plegaria, que tengo menos vergüenza
que un fontanero desnudo
Y le pregunto, y rezo, y me sorprende
la madre de mi madre
fregando siempre,
lavando siempre,
cosiendo siempre a los hombres, los maridos o las casas.
Y no sabe, tampoco se lo diré,
que prefiero hacer saltar
los botones de tu camisa a cambiar
la cremallera de tus pantalones.
Publicar un comentario